16 de febrero de 2018

Como perros...

El zorro culpeo (Lycalopex culpaeus) está más emparentado con los chacales y los lobos que con los zorros del viejo mundo. Torres del Paine (Chile).
El zorro culpeo (Lycalopex culpaeus) está más emparentado con los chacales y los lobos que con los zorros del viejo mundo. Torres del Paine (Chile).



Hace cerca de 40 millones de años, durante el Eoceno superior, un mamífero de patas cortas y cola larga se movía sigiloso acechando a sus presas por los árboles de Norteamérica, que entonces formaban un vasto bosque tropical, llegando las palmeras hasta lo que hoy es Alaska. Era un miácido (Fam. Miacidae). No imaginéis un animal grande, pues mediría como mucho 30 centímetros y sería parecido a un hurón. De hecho, fue precisamente su pequeño tamaño, junto a su mayor adaptación para correr, lo que les dio una gran ventaja frente a sus parientes los creodontos, plantígrados que habían dominado como depredadores durante cerca de 10 millones de años pero que no pudieron competir cuando las condiciones climáticas cambiaron y los bosques perdieron extensión. Los miácidos, que además contaban con una dentición más versátil que los creodontos, se vieron favorecidos por estos cambios y se impusieron como principales depredadores en el continente norteamericano. Tal fue su éxito que estos animales terminarían siendo los predecesores de todo el actual orden Carnivora. Con el tiempo se diversificaron en dos subfamilias: los viverravinos, que darían lugar a los feliformes; y los miacinos, que evolucionarían a los actuales caniformes, agrupando las familias de los lobos y zorros, osos, mustélidos, focas, mapaches, etc.

Estos zorros, adaptados a detectar carroñas y pequeñas presas como aves y micromamíferos, ocupan el papel de mesodepredadores en Sudamérica, donde los carnívoros dominantes son los felinos.
Estos zorros, adaptados a detectar carroñas y pequeñas presas como aves y micromamíferos, ocupan el papel de mesodepredadores en Sudamérica, donde los carnívoros dominantes son los felinos.

Los zorros culpeos o colorados (Lycalopex culpaeus), protagonistas de esta entrada, también descienden de aquellos primeros caniformes y pertenecen a la familia de los cánidos, una de las más exitosas del orden. Los cánidos encontraron en las praderas y sabanas, que sustituyeron a aquellos bosques en Norteamérica, un entorno enormemente favorable para mantenerse como familia depredadora dominante durante cerca de 20 millones de años, impidiendo la entrada a otros depredadores con su mismo nicho ecológico. Durante ese tiempo se diversificaron escalonadamente, en tres periodos de radiación adaptativa. Esto es que en tres ocasiones algunos miembros de la familia encontraron nuevas condiciones a las que adaptarse, diferenciándose de los demás parientes y originando así tres subfamilias, de las cuales sólo una ha llegado hasta nuestros días.


Fue tal el éxito de los cánidos que finalmente se extendieron por casi todo el planeta, estando actualmente presentes en todos los continentes menos en la Antártida. En prácticamente todos los rincones del planeta hay algún zorro, lobo o perro salvaje entre los puestos más altos de la red trófica, desde el desierto del Sahara hasta las tundras e islas del círculo polar ártico.


La coloración de su pelaje y la gruesa cola son rasgos que comparten con los zorros eurasiáticos, fruto de la convergencia evolutiva al ocupar nichos ecológicos similares.
La coloración de su pelaje y la gruesa cola son rasgos que comparten con los zorros eurasiáticos, fruto de la convergencia evolutiva al ocupar nichos ecológicos similares.

Al contrario que otros caniformes, los cánidos caminan sobre sus dedos (son digitígrados) que cuentan con uñas romas y permanentemente protraídas, ya que no las usan para cazar. En su lugar utilizan la mandíbula, muy potente, como herramienta tanto para la caza como para defensa. Cuentan con una gran resistencia física y una velocidad de carrera considerable para llevar a cabo sus cacerías, además de un sentido del olfato altamente desarrollado que les permite encontrar presas y carroña a kilómetros de distancia.
Los zorros del género Lycalopex habitan en Sudamérica y ocupan un nicho similar al del género Vulpes en Europa. Sin embargo, a pesar de su parecido físico, fruto de la convergencia evolutiva, los zorros del género Lycalopex están más emparentados con los lobos y los chacales, del género Canis. Colonizaron el continente sudamericano a partir aquellos ancestros de Norteamérica que acechaban entre las ramas y que supusieron el origen de todos los carnívoros actuales (en sentido taxonómico).


Y de propina...
Sin duda, la familia de los cánidos es una de las más exitosas de entre todos los carnívoros, habiéndose adaptado a multitud de condiciones ambientales y, en los últimos años también al ser humano. Análisis genéticos indican que la domesticación de los lobos ocurrió dos veces en la historia de forma independiente. Una en el oeste de Europa y otra en el este de Asia. Con los años y los movimientos humanos los perros domesticados en el este asiático terminaron desplazando casi por completo a los europeos.




Dominio
Reino
Subreino
Superfilo
Filo
Clado
Clase
Orden
Suborden
Familia
Género
Especie
Eukarya
Metazoa
(Animalia)
Eumetazoa
Deuterostomia
Chordata
Therapsida
Mammalia
Carnivora
Caniformia
Canidae
Lycalopex
L.culpaeus

5 de enero de 2018

Luces del cielo y la tierra

Una aurora boreal tiñe el cielo de verde reflejándose en la laguna glaciar Jökulsárlón. El resplandor anaranjado del horizonte lo produce el volcán Bárðarbunga que se encuentra activo bajo el mayor glaciar de Islandia.
Una aurora boreal tiñe el cielo de verde reflejándose en la laguna glaciar Jökulsárlón. El resplandor anaranjado del horizonte lo produce el volcán Bárðarbunga que se encuentra activo bajo el mayor glaciar de Islandia.



Nada menos que 150 millones de kilómetros separan la Tierra de su estrella más cercana, el Sol.
Sin él la vida no sería posible tal y como la conocemos. Un poco más cerca y la Tierra estaría abrasada. Un poco más lejos y se congelaría.

Es el motor de la vida en la Tierra y la base de la práctica totalidad de las cadenas tróficas que existen en ella además de determinar el clima, los vientos y las precipitaciones en todo el planeta. También nos aporta luz en una nada despreciable franja del espectro electromagnético, aunque sólo seamos capaces de ver el 40% de esta luz, que es lo que abarca nuestro rango de visión.
La mitad de toda su radiación es luz infrarroja, invisible a nuestros ojos, y supone el principal aporte externo de calor al planeta. Sin este aporte el calor interno de la Tierra no sería capaz de mantener el agua en estado líquido.
El 10% de la radiación restante es ultravioleta, muy energética y dañina para la mayor parte de seres vivos ya que es capaz de desestabilizar los ácidos nucleicos y provocar mutaciones en el material genético.
Muchos organismos se han adaptado para aprovechar determinados espectros beneficiosos de la luz solar y a la vez evitar todo lo posible los efectos nocivos desarrollando por ejemplo pigmentos que absorban las radiaciones perjudiciales (tal es el caso de nuestra melanina).
Sin embargo, por muchas adaptaciones que tengamos, la mayoría de seres vivos no resistiríamos en la Tierra si no fuese por ese escudo planetario que absorbe y refleja la mayor parte de esta radiación solar dañina: la atmósfera.

Pero el Sol no sólo expulsa energía en forma de radiación electromagnética. Durante su constante combustión salen despedidas de su capa más externa, la corona, partículas subatómicas que son expulsadas por la diferencia de presión entre el Sol y el espacio, y aceleradas por el propio campo magnético del Sol. Así, estas partículas forman lo que llamamos radiación cósmica o viento solar, y viajan por el espacio a altísimas velocidades. Una mínima parte de ellas se encuentran con la Tierra tras cerca de dos días de viaje (recordemos esos 150.000.000 de kilómetros que separan el Sol y nuestro planeta). Chocan a unos 400km/s que pueden llegar a ser 1000km/s cuando ocurren acontecimientos violentos en las capas externas del Sol como las llamaradas solares o las eyecciones  de masa coronaria.
Al acercarse a la Tierra, interaccionan con su campo magnético, o magnetosfera, el cual llegan incluso a deformar. Algunas son desviadas y despedidas rodeando la Tierra, como el agua rodea una piedra en un río, antes de seguir su curso. Pero las que chocan de forma más perpendicular, interaccionan con este campo magnético que las conduce hacia los polos terrestres. Es cerca de los polos donde toman una trayectoria más perpendicular a la atmósfera y a la superficie terrestres adentrándose en capas de gases atmosféricos cada vez más densas.
Durante su camino colisionarán con las moléculas de dichos gases, aportándoles una energía adicional a su estado fundamental de reposo energético. Este nuevo estado excitado de las moléculas de gas es tan inestable que dura millonésimas de segundo. Para volver a su estado fundamental la molécula expulsa la energía sobrante en una longitud de onda que en parte se encuentra dentro de nuestro espectro visible, emitiendo un destello luminoso que al ocurrir de forma simultánea en grandes áreas de la atmósfera forma un auténtico espectáculo de luz y color que conocemos como auroras.
Si ocurren en el hemisferio Norte las denominamos auroras boreales y si lo hacen en el Sur serán auroras australes.

Un proceso similar a la formación de auroras pero que nos resulta mucho más familiar es el que ocurre en los tubos de neón que usamos como lámpara o en los anuncios luminosos. Las moléculas del gas contenido en el cristal de la lámpara se excitan con la corriente eléctrica, y tratan de volver a su estado fundamental liberando luz, que variará de color según el gas empleado.
Del mismo modo, los distintos gases atmosféricos emitirán en longitudes de onda diferentes aportando distintos colores a las auroras según las pequeñas variaciones existentes en la composición gaseosa de la atmósfera. Al excitarse las moléculas de oxígeno emiten luz verde amarillenta o roja mientras que las de nitrógeno emite en azul. También emiten en ultravioleta, pero ese componente de la aurora sólo podremos observarlo con cámaras especiales.

Sin duda las auroras son un auténtico regalo, no sólo para la vista sino para la propia vida en la Tierra; pues no olvidemos que semejante espectáculo luminoso es un efecto colateral de la protección que nos brindan la atmósfera y la magnetosfera frente a un entorno espacial hostil hasta un punto que cuesta imaginar.

Y de propina...
Las auroras son fenómenos tan intensos que se pueden observar desde el espacio como muestran varios vídeos y fotografías tomadas desde la ISS. Como ya hemos visto con el Sol, la Tierra no es el único astro con campo magnético. Tanto es así, que la NASA ha logrado fotografiar auroras en otros planetas vecinos, como Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.